lunes, 14 de marzo de 2011

La quinta sonrisa

Llevaba diez años viéndole la cara. Conocía ya a esas alturas todas sus formas de sonreír. Básicamente cinco. La sonrisa escéptica de “ya me gustaría creérmelo, pero no”. La sonrisa irónica de “voy a estar un rato pensándolo y será más gracioso todavía”. La sonrisa tierna de “aunque mida metro noventa y tenga cuarenta años, en el fondo soy un niño.” La sonrisa cómplice de “adelante, hazlo, va a ser genial”. Y la sonrisa pícara de cuando una mujer le gustaba de verdad, y ella se le acercaba, una vez más, inevitablemente. Porque para eso era guapo a rabiar, y escandalosamente interesante, y simpático, e inteligente.

No puedo negar que me doliera no ser nunca la destinataria de la quinta sonrisa. Pero me consolaba que me premiara constantemente con las otras cuatro. Estadísticamente, era un triunfo. Emocionalmente, una peste.

Pero en fin, nunca he sido mala perdedora, así que cada día inventaba un escudo diferente, y vivir viéndole la cara era mi dote y mi castigo.

Aquel día se acercó por detrás y me tapó los oídos. Era el juego más viejo del mundo, un juego de hermanos traviesos, siempre divertido y exento del guiño sensual que habitualmente resulta de que una persona te ponga sus manos encima, y sientas su respiración a diez centímetros.

- Hueles tan mal- le dije- que me harías un gran favor tapándome además la nariz.

Aunque no pude escuchar su carcajada, la sentí a través de sus manos, así que cuando me dí la vuelta, yo también sonreía.

- Podrías cambiar de táctica- le dije mirándole a los ojos- me aburres tanto que me voy a pillar una baja por depresión y a ver quién saca el trabajo adelante.

- Contrataré media docena de rubias que harán, como mínimo, el 70% de tu trabajo- guiñó un ojo y me obsequió con la segunda sonrisa. Estaría un rato pensando, y le resultaría más gracioso todavía. 

- Menos mal que yo no estaré para verlo, porque si no me tendrían que subir la medicación. ¿cómo está tu madre?- dije cambiando de registro. El sonido mecánico de las fotocopiadoras recordaba a música tecno y me hizo mover involuntariamente un pie.
- Bien- me dijo alcanzándome el taco de folios que ya había terminado de imprimirse.

- Tiene las manos tan arrugadas que me siento culpable de haber echado a lavar tantos calcetines en la adolescencia, ya sabes, en la época en la que te pones tres pares al día, la que va justo después de la que te pones tres pares al mes- dijo con la tercera sonrisa, la del niño superviviente.
- ¿Te vas a algún lado el fin de semana?- preguntó de pronto. Sonaba a invitación, y me puse nerviosa, nunca habíamos quedado fuera del trabajo, y aunque a veces estábamos once horas al día juntos, sería tremendamente novedoso verle fuera. De pronto me lo imaginé sin su sempiterno traje, con un jersey de cuello alto y me dio un escalofrío.
- No ¿por?- dije arrugando un poco los labios.
- Porque me he dado cuenta de que no tengo ni idea de lo que haces los fines de semana.
- Complemento la mierda de sueldo que me pagan haciendo striptease en fiestas privadas. La semana pasada fue la del jeque árabe que ha comprado el Málaga. Igual te hubiera gustado venir, pero tenía miedo de que te enamorases de mí. - Yo esperaba la primera sonrisa, la de “ya me gustaría creérmelo, pero no me lo creo”. Y allí estaba. 99% de aciertos.

    De pronto, algo se me subió a la cabeza. Fue un impulso, fruto quizá del enquistamiento de ese sentimiento que nunca menguaba. Quizá fue un olor, un gesto diferente, o un gesto mil veces repetido que de tan familiar, se vuelve propio. Y tuve ganas de hacerlo.

    - No, ahora en serio. Este fin de semana, quizá antes, me voy a declarar al hombre al que amo en secreto.

    Se paró en medio del pasillo, obligándome a detenerme. Quería saber si era broma. A veces jugábamos a ver quien llegaba más lejos.

    Pero algo vio en mi cara, quizá el arrobamiento, las pupilas dilatadas, la respiración irregular, y supo que era verdad. Quizá él también me conocía a mí.

    En su cara una enorme cuarta sonrisa. Adelante, hazlo, va a ser genial. Y lo hice.

    No recuerdo exactamente las palabras. Quizá fueran muchas para la mitad de un pasillo, seguramente demasiado pocas para tantas ganas escondidas debajo de la alfombra.

    Me miró, completamente blanco hasta que alguien nos arrancó de allí y nos metió en la sala de juntas, donde nos esperaban todos.

    La enorme mesa puso entre nosotros cinco metros y nueve personas de distancia. Yo no sé lo que se dijo allí, y a juzgar por su expresión petrificada y ausente en el cielo infinito, no creo que él pueda hacer un acta fidedigna.

    Soy una mujer realista, no me gustan las pelis con final feliz, pero algo había cambiado dentro de mí. Podía vivir sin su amor, llevaba haciéndolo toda la vida. Pero confesarme, darle mi secreto, pasarle mi peso, me había hecho sentir un espacio nuevo en mi interior. Listo para amueblar y redecorar. Era un milagro. Era realmente libre. No correspondida, pero libre.

    Sin querer suspiré de alivio. Nadie más lo percibió en el fragor de la batalla, pero él salió de su ensueño y me miró durante unos infinitos segundos. Y allí surgió, soltándose de mil cadenas oxidadas como las mías, el segundo milagro del día. La quinta sonrisa.

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