lunes, 14 de marzo de 2011

relato g

Las noches siempre se le había hecho eternas, y no podía dejar de moverse, como si extrañara su propia cama.  No se terminaba de acostumbrar a alimentarse mientras dormía, a pesar de que en 2160 se había mejorado infinitamente la técnica de alimentación artificial. Era uno de los pocos que no la toleraban bien. Sabía que cuando en el 2060 se produjo el cambio, los humanos murieron por millones, incapaces de adaptarse a la falta de comida física. La siguiente generación ya había nacido pegada a una sonda de alimentación química, así que lo habían tolerado, con pocos efectos secundarios, como la persistente delgadez extrema, nadie pasaba de la talla 36, sólo algunos que recurrían a la cirugía estética para dar una solución artificial.
Él no podía dejar recordar las dimensiones de la gente del pasado. El siglo XX había estado poblado de gente enorme, y él soñaba con las formas de aquellas mujeres antiguas. Sobre todo las curvas femeninas, que ninguna mujer de ahora tenía . No había actriz ni modelo que pudiera, ni con cirugía, tener el aspecto de esas mujeres sonrientes, redondas, que con sus mórbidas carnes le hacían recordar sensaciones que no había vivido y tenía programadas en su insatisfecho ADN.
Sentía ese mismo vacío en todo, quizá por eso se había dedicado a la arqueología documental. Y se movía entre jirones de restos obsoletos, imposibles de descifrar por el avance de la tecnología y la corrupción de los soportes, como discos de 3 ½, memorias USB, y CD,s  de todos los tipos. Aquellos delicados misteriosos trozos de pasado, que sólo unos pocos locos melancólicos encontraban de interés en la ajetreada vida del s.XXII, eran la razón de su vida.
 Ahora se enfrentaba a un nuevo proyecto. Habían conseguido recuperar, por un quasimilagro, una serie de blogs desconocidos, y con un solo click su información sobre Madrid, esa ciudad que adoraba, se había multiplicado por 10 millones. Ahora sabía más sobre las primeras décadas del siglo XXI, recordaba mientras miraba bajar las cifras en el gotero digital de su cabecero, y había encontrado algunas páginas que le tenían en vilo.

 Cerró los ojos cansados, con esa extraña sensación que siempre le provocaban en el estómago las hormonas de la saciedad, como un espejismo de satisfacción que nunca terminaba de gozar. Se visualizó a sí mismo en su cubículo, esa mañana,descubriendo el blog de cocina de esa chica de los ojos negros. No era especialmente guapa, pero estaba tan llenita, con ese pelo rizado, corto por encima de las orejas, tan abundante, fruto de la comida física, de los que ya no se veían. Le había gustado, incluso antes de leer su página. Él dominaba perfectamente el español arcaico, tanto que lo usaba en su conversación con Xana, su colega más íntima.  Les gustaba bromear, jugando con el rico lenguaje, tan diferente del inglés libre que se había universalizado por el uso de la tecnología, dejando los idiomas nativos en el plano de la reliquia. Ellos gozaban teniendo sus propias conversaciones cómplices, ajenos al chapurreo monótono de la mayoría. Y se explayaban pronunciando la j, la rr y por supuesto, la ñ. no importaban las miradas oblicuas, las sonrisas de desprecio. Soñadores nostálgicos, como si fuera una enfermedad. Y contagiosa.
 Y ahora, mientras leía “la cocina de Alejandra” en esa intimidad deseada, iba pronunciando cada sonora palabra, como quien dibuja de memoria un paisaje que ha visto antes, disfrutando de la cadencia de sus labios… y lo que significaban esas palabras aún le gustaba más. Hablaba de comida física. Su sueño. Su anhelo más profundo. Su añoranza máxima.
 Alejandra describía cada receta de una forma lúbrica, como si quisiera hacerle disfrutar antes de comerla. No era un simple recetario, como había visto antes en miles de páginas. Era una especie de inventario de las sensaciones que le habían conducido a cada receta y más allá, las que había sentido al comerlas. Aquel acto voluntario de adoración a algo que no conocía, le hacía subir un hormigueo hasta la boca, hasta la nariz, aquellas partes atrofiadas por la falta de uso. Maldita contaminación transgénica. Malditos manipuladores especulativos.  De pronto su imaginación le hacía imaginar a que sabía el pan, el tomate, el aceite… no terminaba de sentirlo, pero una especie de olor fantasma acudía a él, como una mariposa que está tan cerca, tan cerca, pero nunca termina de posarse.
 Abrió los ojos de golpe. Demasiado intenso. Demasiado sensitivo. Así no conseguiría dormir en toda la noche. Se movió. El gotero casi había terminado, quizá después consiguiese descansar. Suspiró profundamente, y a su mente volvió a aquella madrileña del 2012, que escribía sobre comida ajena al revuelo que se montó cuando le concedieron a última hora los juegos olímpicos a su ciudad. El gotero terminó por fin, se lo quitó del dedo y se durmió agotado.

Mi pollo en pepitoria

Ingredientes (6 raciones)
  • 1 y 1/2 kg. de pollo troceado, del de corral de Leo, el amarillito, que tiene unos muslos que parecen de pavo.
  • 1 dl. de aceite de oliva, bueno, del que verdea, el que huele un poco amargo, a ensalada, aunque no le pongas nada más.
  • 1 cebolla mediana, que pique un poco, pero lo justo, un poco dulce, para que cuando se poche quede suave y se deshaga entre los dientes.
  • 1,5 dl. de vino oloroso, a campo, a tierra y a vida.
  • 2,5 dl. de caldo, no lo compréis hecho, hacedlo, lo ponéis en la olla, al chup-chup, fuego bajito, y mientras hacéis otra cosa. Que la sustancia luego le da un sabor especial.
  • Sal, la de la vida, la que conserva y da sabor, pimienta, la que pica un poquito, como los chistes verdes y perejil, recién cortado, del tiesto del patio de vecinos, que te deja el olor en la mano.
  • 1 diente de ajo, el padre de la comida española. Cuando hayas terminado de prepararlo, se queda blandito, con todo el sabor del resto de ingredientes, y si te gusta, machácalo, pringa pan con la salsita, y no dejes más que la piel.
  • 12 almendras crudas y peladas, que le dan la suavidad y la elegancia que hacen de este plato lo mejor que habrá pasado por tu boca.
  • 2 huevos, grandes, de gallina flamenca y con bata de cola, de los que tienen la yema amarillita y espesa, que me bailan las papilas gustativas de pensarlo.
  • unas hebras de azafrán, para que acabes de morirte del gusto.



Preparación
Sazonamos el pollo con sal y pimienta, la sazón con alegría, en su punto justo, y lo freímos en una cazuela con aceite de oliva hasta que se dore ligeramente. Respira ese olor del aceite limpio que empieza su baile. Reservamos. No es bueno precipitarse cocinando. Ya llegará su momento.
Pelamos y picamos la cebolla finamente, no te de miedo llorar, que llorando nacemos, y mira después lo que gozamos. Dejamos que se ablande lentamente en una sartén con otro poco de aceite de oliva, fíjate que diferencia del olor del aceite caliente. El aceite, que extrae de los alimentos su esencia, que los hace sacar lo mejor de sí para no olvidarlos nunca. Agregamos el perejil picado y el ajo majado. Se llena la cocina, cambia al ritmo del chisporroteo travieso del aceite, atraviesa tu alma y salivas un poco. Mientras se prepara el sofrito, aguanta, ya queda menos, cocemos dos huevos.
En un mortero, que por mucho que lo limpies lleva en él el recuerdo de todos los platos pasados, machacamos las almendras peladas y las hebras de azafrán, dejando una pasta hermosa que dará el punto secreto, el que no podía dar nuestra abuela, porque las almendras eran para los ricos, y el azafrán, una leyenda. Lo pasamos al sofrito de cebolla, mira como se funde y transforma una vez más, que no será la última, el aroma del plato que ya va tomando cuerpo. Regamos con el vino y el caldo, ya tienes el espíritu de tu receta, el que transformará un pollo frito en una experiencia que no olvidarás. Lo llevamos a punto de ebullición a fuego medio, sin prisa pero sin pausa, no dejes caer el ánimo. Ya llegamos. Dejamos cocer unos minutos e incorporamos las yemas de los huevos duros, que ligarán la salsa, le darán color y fuerza. Ya tenemos la pepitoria.
Trituramos la preparación, no lo hagas con la batidora eléctrica, o dejarás de disfrutar de algunos matices, de esos sabrosos tropezones que nos gustan de los platos caseros. Probamos, rectificamos el punto de sazón si fuese necesario y vertemos sobre el pollo reservado, vistiéndolo de gala. Ahora, el punto final, cocemos todo junto sobre fuego lento, el fuego lento que es como un buen vino en frente de una chimenea, saca todo lo que llevamos dentro, aunque nos resistamos al principio, durante el tiempo necesario para que la carne esté tierna... no tengas prisa. Dale treinta minutos al menos, pero si necesita más, escúchalo. Antes de servir, no te preocupes que ya estamos casi, picamos muy menudo las claras de los huevos y las espolvoreamos por encima.
Come sin prisa. Date tu tiempo. Pringa todo lo que quieras, no dejes ni rastro. Y cuéntame luego, si quieres, lo que ha pasado ;-))
Y por fin allí estaba, haciéndole caso, sentado en una mesa de la taberna donde Alejandra cocinaba, en Chueca, con un plato de humeante pollo, y un pan que podía tocar sólo con alargar la mano. Ella le sonrió mientras le servía, y con su cotorreo habitual, le dio la entradilla para empezar a comer, y lo dejó solo.
Le temblaban las manos cuando cogió el tenedor y el cuchillo, cuando pinchó aquel hermoso muslo, y con ansia, pero con cuidado, mojó aquel bocado en la salsa. Por más que lo hubiera pensado, jamás creyó que sería así. Notó el calor primero, que le hizo asustarse un poco, pero no detenerse. Notó la cremosidad de la salsa, y por fin el sabor. No podría describirlo. Y aunque pudieran, nadie le creería. Oh, Xana, cuanto te gustaría esto. De pronto se dio cuenta de que no podía parar, y empezó a masticar uno tras otro los trozos de la tierna carne, jugosa y llena de matices, y experimentó la doble felicidad de sentir como su hambre se calmaba, esta vez de verdad, de forma plena y absoluta, y de disfrutar de esos sabores de ensueño, de esos olores que le inundaban, que le hacían sentir pleno, satisfecho, profundamente humano. El pan mojado en la salsita, como había sugerido la preciosa mujer (era preciosa, la foto no le hacía justicia), fue la segunda parte, como mejorar lo que parecía inmejorable. Porque ya no tenía hambre, pero no podía parar, y en cierta manera, podía ahora, sin ese ansia, gozar mucho más, diferenciar cada alimento, como si fuera una línea melódica, y ver como se unía con los demás, formando una sinfonía que le estallaba en la boca. Probablemente quien le observara en aquella esquina, con los ojos en blanco, y aquella sonrisa extática pensaría: ¿de dónde ha salido este hombre? ¿cúanto tiempo hace que no comía? Y nadie, salvo en uno de esos sueños tan vívidos que se confunden con la realidad, que te hacen dudar de si duermes, o es real,  podría imaginar la respuesta.

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