No puedo pensar en todo lo que pasó sin que me asome esta sonrisa. Una sonrisa de nostalgia, de dolor y de imposible consuelo, porque nada de aquello se podía evitar, y uno no puede hacer otra cosa que sonreír ante lo inexorable. O al menos no debe.
Así pienso mientras miro el pueblo desde la ventana, este pueblo mío, Moralzarzal, este irreconocible ente en el que de vez en cuando encuentras una cara, un rasgo de familia, un olor a pasado.. Pero tampoco debo reprocharlo… la vida es progreso, y es cierto que mi pueblo poco se parece a lo que era; ya no se llena de “chiquines” patinando en la calle de la iglesia, ya no se va a la merienda de la cruz de mayo en el carro del tío, con todos tus primos dándote codazos por salir en la foto que la más valiente tiraba casi corriendo detrás del carro, ya no se hacen las puches el día de los difuntos, ni don Paco da capones… pero si ahora tenemos hasta WI-FI! Pobrecita mi abuela, miedo me da pensar en tener que explicar por qué nuestro pueblo sale en la tele… en fin, la vida cambia, y Moral no es la excepción. No es fácil asumir tanto cambio, en tan poco tiempo, porque sin pensarlo, me he plantado en los treinta y uno, y qué digan lo que quieran, es poco tiempo ;-)
La historia que quiero contar paso aquí, y es de esas que se tienen que contar pronto, antes de que se olviden, o se entremezclen con los sueños, o con los deseos, porque los recuerdos son seres traviesos que se resisten a parar quietos, y sin querer los vamos deformando, adornando, quitando quizá los detalles más vergonzosos para nosotros, y dándole salida a las palabras que teníamos en la punta de la lengua justo en el momento en el que tenían que haber nacido…
Cómo conocí, quise profundamente, y perdí a un hombre. A uno de esos hombres maravillosos que se superan cada día, que te enseñan sólo respirando a tu lado, que se resucitan cuando quieren. O casi.
La primera vez que supe de él, rompió con un bate el coche de sus padres, ya mayores. Seguramente estéis releyendo la frase anterior, eso de hombres maravillosos, blablabla… no, no os habéis perdido nada. Quizá cuando terminéis de leerme, estéis de acuerdo conmigo. Y si no, no será porque no existan todas esas cualidades que os he dicho, sino porque no os lo habré sabido explicar.
Esto de romper el coche a las personas que te han dado el ser, se pudo deber a muchas cosas. Un amigo mío dice que algunos tenemos un marcado sentido del espectáculoVamos, que le gustaban los numeritos.
Pero además, él tenía un alien dentro. Alien comprendido como lo que realmente significa: algo extraño, no natural. Algo que no era él, y le hacía comportarse como un loco, a los que no olvidemos que también se llama alienados. Y pensar que esto que él tenía debe su nombre a que, cuando se descubrió la sustancia, se creyó que podía curar la tuberculosis… sería la salvadora de la humanidad… la heroína.
Somos lo que somos, pero también lo que no podemos ser. Él tenía un arrebatador juego de luces y sombras, así que cuando lo vi por primera vez, con mi hermano, no podía imaginar que éste chico con gafitas, tímido al darme los dos besos de rigor, era el chalado del bate de béisbol.
Algunos miembros de mi familia siempre hemos creído que uno debe tener derecho a empezar su vida en el momento que le de la real gana, y ese momento suele coincidir con el presente. Así que supongo que aunque a mi madre no le haría ninguna gracia ver a su hijo de veinte años, cuyo peor vicio es jugar al Warhammer, con un exconvicto de nosecuantas cárceles. Pero no sólo le dejó estar con él, sino que le llamaba por su nombre de verdad, un nombre de hombre respetable, y no su apodo.
Puede que no parezca importante, pero el nombre de uno es fundamental. No el que te toque en suerte, que al fin y al cabo, te lo plantan en la cuna y si tenías la mala suerte de nacer el día de Santa Tecla, habías triunfado, y si hay una serie de esas que no se pierde nadie, te acabas llamando Heidi o Brenda. El nombre, la etiqueta que uno se hace, se va llenando de connotaciones, de referencias, y también sin querer de limitaciones. Su mote era uno de estos nombres.
De los que no se podían decir sin recordar todo lo que tenía detrás. No por él significado en sí, se lo pusieron por la tremenda nariz que le anunciaba, sino por su historia. Así es que creo que no me equivoco si digo que a él le gustaba que mi madre le llamara Adolfo. De pronto volvía a ser el niño listo como el hambre y prometedor que fue, o se convertía, por esto que tenemos de revolvernos ante nuestro destino, en el hombre triunfador, inteligente, divertido y profundo que debía haber sido.
¿En qué momento se torció la cosa? No sabría decir, ya digo que mi primera referencia fue un acto de vandalismo. Pero en algún momento, una pequeña decisión, una aparente minucia, comenzó a marcar un camino. La rutina, o el vicio, podríamos decir, comienza siendo una tela de araña y termina siendo un cable de acero.
No tengo ni idea de lo que pasó, nunca se lo pregunté, en realidad no me importa. Él se revolvía contra su destino, contra el falso yo que había fagocitado al verdadero, así que yo no pensaba recordarle lo que él se esforzaba tanto en olvidar.
Así fue pasando el tiempo, él fue haciéndose amigo de mis hermanos, y amigo de la familia. No era el típico vecino al que podías pedir sal, pero era ya parte de nosotros. Nos encantaba escuchar las teorías revolucionarias, las tonterías que se inventaba, los inventos tontos que teorizaba… Era como un mundo entero en sí mismo. Tenía tanta experiencia. Creo que lo había hecho todo en la vida, pero sólo presumía de lo bueno. De lo bueno en sentido categórico… es decir, él era una persona estrictamente recta en sentido moral.
Sí, claro, un yonqui, un hepatítico, un delincuente. Pues sí. Era tremendamente recto.
Recuerdo una mañana de invierno. Yo me había quedado sin trabajo, pero estaba cobrando el paro. Al principio salía cada día a buscar trabajo, a dejar mis currículums en los sitios más inverosímiles, ciega confianza del inocente. Pero pronto me cansé de no ver resultados, y cada vez más a menudo me quedaba en casa.
Esta mañana en concreto eran ya las doce. Y yo seguía durmiendo. Llamó al timbre, pero yo tengo la costumbre de no contestar al timbre ni al teléfono cuando considero que no me enriquece. Y en aquel momento, no solo no me enriquecía levantarme, me cocía. Pero insistió, insistió, insistió, que cansino el tío, al fin y al cabo tenía que pasar necesariamente por delante de su puerta, y él sabía que yo no había salido. Cosas de los pueblos chicos.
Así que allí que me levanto, greñosa, legañosa, definitivamente asquerosa, y le abro la puerta.
Y él, con una justa indignación me dice:
- Pero bueno ¿tú crees que estas son horas de que una mujer de bien siga durmiendo?
A mí me podría haber salido la venenosa que llevo dentro y haberle quitado las ganas de darme lecciones de lo que es una persona de bien ¿será chulo el reincidente este?
Pero me dio mucha vergüenza, porque tenía razón. El quería lo bueno para mí. Yo tenía cosas que hacer y estaba durmiendo. Así que me callé. Y al día siguiente volví a salir a buscar trabajo. Y lo encontré. Y nunca más volví a vaguear en vez de hacer lo que debía. Para mí tenía autoridad moral.
Nunca dejó de saber cuando estaba haciendo algo malo, y creo que esa era una de las peores partes de su drama.
Imaginemos por un momento que uno está cortando leña. Zas, zas, zas, golpes rítmicos que son los que valen, y en medio de su concentración, mientras baja el hacha, aparece, en microsegundos la mano de un niño que ha tropezado cerca de allí, que hasta hace un momento no estaba, que no podía estar allí. Y aterrorizado observa durante un espacio eternamente ínfimo de tiempo como el hacha desciende, desciende, desciende, cercena la mano.
Siento tener que usar este símil tan grotesco. Se me ha puesto mal cuerpo a mí también. Pero durante mucho tiempo he intentado entender lo espeluznante que debía ser para él no poder evitar hacer algo que no quería hacer. Algo que le podía, que le colonizaba las entrañas, que le fluía de dentro a fuera y de fuera a adentro. Un diabólico ciclo interminable, en el que veía como eternamente las aves se comían su interior, que renacía siempre para perpetuar su dolor.
Jamás he tomado sustancia ilegal ninguna. Así es que no le estoy excusando, ni dando nada parecido a un permiso de hacer lo que hacía. Jamás. No tengo ni idea de lo que podía sentir para volver a caer una y otra vez. Pero le ví luchar. Le ví resistirse con todos sus átomos.
“¿Qué tiene tu veneno
que me quita la vida sólo con un beso.
Y me lleva a la luna
y me ofrece la droga que todo lo cura.
Dependencia bendita
invisible cadena que me ata a la vida
y en momentos oscuros
palmadita en la espalda, ya estoy más seguro.
Se me ponen si me besas
rojitas las orejas.”
Mientras nosotros seguíamos escuchándole y dándole un café al que endulzaba con ocho (literales) cucharadas de azúcar, la justicia seguía su curso. Aún tenía delitos pendientes. No quería ni pensar en volver a la cárcel, porque sabía que entonces sí que estaba vendido. Allí se sabía defender, por algo había estado en casi todas las cárceles a las que canta Extremoduro … Cáceres 2, Alcalá Meco, Puerto de Santa María… y sabía que no tardaría mucho en pillar, y menos en meterse, y mucho menos aún en volver al punto de partida.
Así es que él puso todas sus dotes, todo su encanto, su inteligencia, su pasión, su tenacidad, en conseguir que le dejaran entrar en un piso de reinserción. Allí estaría más protegido, más controlado.
Lo que había hecho debió ser bastante gordo, porque no le resultó muy fácil conseguirlo. Pero finalmente un día nos enseñó un papel, preparó la maleta, y con muchos besos, y más deseos de suerte, se fue a Madrid.
Venía de vez en cuando, cada vez mejor, pero nunca olvidaré el día que le ví con la bici. Estaba guapo. Estaba muy guapo. Estaba tremendo. ¡Si hasta parecía que tenía menos nariz! Debe ser que de no usarla más que para respirar le había menguado. No me juzguéis, el humor negro lo inventó él. No hay nada como reírse de las peores pesadillas de uno para que puedas doblarlas y redoblarlas y guardarlas en un bolsillo. Siguen estando ahí, pero ocupan mucho menos, y exceptuando tú, que sigues agarrándolas para que no se escapen, nadie las nota.
Con su bici, su maillot, sus musculitos… vaya, vaya, con el mozo este, quien lo iba a decir. Empezó a recorrer carreteras, allí en Madrid, aquí los fines de semana, y poco a poco cada fibra fue alcanzando el cien por cien, cada respiración le daba lo que necesitaba, cada gota de sudor estaba plenamente justificada.
No me preguntéis cómo lo hizo, pero cuando le dejaron salir del piso le contrataron en un equipo ciclista… que le pagaban, oye, que quedaba de los primeros, y recorría distancias que a mí, en autobús se me hacen pesadas.
Para este tiempo ya tenía treinta y siete años, así que creo que no hace falta que diga lo que significa que un hombre de esa edad y con el historial que éste cargaba en el bolsillito de avituallamiento, subiera y bajara el puerto de los leones, como quien va a comprar el periódico. Es que era de otra pasta. De la pasta de los héroes, de los gigantes, y los dioses del Olimpo. En el Olimpo también estuvo, que me lo contó un día.
Todo parecía cuesta abajo, y él que nunca dejó de comerse la vida a bocados, la bajaba a tumba abierta.
Conoció a una chica. Empezaron a salir. Una chica preciosa que un día trajo a mi casa, y que yo no quise ver. Al principio os he dicho que le quise. Y es verdad que le quise, con el alma, con la vida y con los pelos, con todas las fibras de mi ser. Aunque no me atreví a hacerlo como él me dijo que quería. Siempre la misma historia.
Como dice María Salgado:
“Qué bonito es el miedo cuando es sincero,
que salvaje el deseo cuando te veo,
quien pudiera decirte lo que te quiero
¡cúanto te quiero!
Una vida más tarde comprenderemos
que la vida perdimos sólo por miedo
¡sólo por miedo!”
Pero una cosa es no poder asumir un reto, huir de lo que quema, aunque te guste que te de calorcito, y otra muy distinta invitar a un café a la tiparraca esa que estaba libando lo mejor de él, en lo que YO, y MIS hermanos, y MI madre habíamos colaborado para que surgiese del bestia ese que rompía coches. Claro, ya venía con el trabajo hecho.
En fin, hay que tener mucha grandeza de espíritu para olvidar el amor propio y celebrar los triunfos de los demás, aunque a ti te dejen un regusto a fracaso. Y yo, se ve que no iba sobrada de grandeza de espíritu. Además de que el día que la trajo me pilló sin peinar, sin arreglar y sin pintar. Y una tiene sus límites.
A veces lo profundo de la vida pierde sentido ante lo superfluo… no es más importante, pero es más urgente. Me escondí, y no le di la oportunidad de que él supiese que yo le veía en el podio. Con el ramo en la mano, y las chicas dándole los besos. Aunque yo siempre le recordaré vestido de amarillo.
Le pidieron que se hiciera monitor del piso de reinserción en el que había estado. Se matriculó en trabajo social, y con la pasta que ganó hizo además unos cursos de monitor de spinning, pilates y no se cuantas torturas chinas más, que él te vendía con un amor supremo.
Cuando pienso en esto me acuerdo de su voz. Es increíble esto de las voces de los seres queridos. Como nos penetran, nos acarician, nos envuelven, nos abandonan y nos vuelven a recoger. Cómo a veces las olvidamos. Y cómo nos aparecen cuando menos lo esperamos. Y nos da hasta miedo. Es como si nuestra mente pudiera devolvernos a aquella mañana de otoño
- Tienes que hacer pilates, yo te doy clase gratis, es que notas enseguida el resultado, y te pones fuerte. Yo tengo unas señoras en la clase, en el gimnasio, que al principio estaban asustaditas, y ahora les encanta. No veas las tías, levantan la pierna, aguantan la presión, tienen una flexibilidad que te cagas.
El que te cagas no se lo quitaban ni en clases de protocolo si se hubiera casado con la infanta Cristina. Pero hablaba como un señor. Adolfo. En ese momento era Adolfo para todos, no solo para mi madre y para la suya.
Pero olvidarnos de lo que tenía en el bolsillo sería demasiado ingenuo. Por mucho que las dobles y las redobles, hay pesadillas que pueden con uno. Él lo sabía. Y se estremecía al ritmo de una marea invisible que iba subiendo, subiendo, subiendo…
No recuerdo muy bien como empezó todo. No se si me dijeron primero que la chica le había dejado, o que había dejado el gimnasio, o que se volvía a vivir con sus padres. No consigo acordarme de si dejó antes la bicicleta, o se había empeorado de la hepatitis que nunca le había abandonado. A mi me parece que fue todo de golpe.
Que perdió el brillo, la fuerza, los músculos, todo en un día. Y la nariz le brotó.
Recuerdo todo aquel tiempo como un mal sueño. Un día me pasó una cosa tremenda, y él estuvo allí conmigo.
Yo acababa de estrenar coche cuando se me quedaron las llaves dentro. Por circunstancias, no tenía las otras, así que mi coche se quedó cerrado, arrancado, en medio de la calle de la Cruz a la hora de entrar al cole. Glorioso.
Cuando su madre me vio tan apurada, entró a llamarle. Yo estaba segura de que si alguien podía abrirme el coche, más por sus antecedentes de chorizo, que por su experiencia como mecánico, era él.
Pero lo de reinsertarse tiene algún inconveniente. Como que los coches se van desarrollando, y surgen los cierres centralizados, y se perfeccionan los sistemas de seguridad. Así es que no me digan como, pero me encontré con el cierre centralizado desmontado, el bombín de la llave destrozado, y mis ilusiones hechas polvo.
Para acabar de arreglarlo, cuando llegó la policía, un amigo suyo, que no creo que conociera en una tertulia literaria, me estaba metiendo una patata en el tubo de escape para calar el coche y que no gastara más gasolina.
Nunca olvidaré la cara del poli. Creo que cuando le vio metiendo alambres y rompiendo cerraduras, recordó su foto de frente y de perfil. Que venía ya con las esposas en la mano. El de la patata haciendo de las suyas, y yo llorando sentada en la acera. Vaya cuadro.
Cuando pudimos llevarnos el coche, y vio yo seguía llorando, y llorando, y no tenía consuelo, me dijo:
- ¿Estás llorando así por un coche? Yo creía que eras más profunda.
Todavía lo pienso cuando tengo una experiencia de estas, que tristemente, pasan bastante a menudo. Una pérdida dolorosa, pero material. Él sabía lo que era perder cosas mucho peores. Había perdido dos hermanos que no pudieron superarlo. Una novia que murió en sus brazos. La libertad. Quizá la dignidad en una celda oscura. No podía comprender que yo hiciera una tragedia griega por un simple elemento material. Un coche.
Y yo, que egoísta, sin pensar en lo que debía estar sintiendo él. Después de haber tocado el cielo, había vuelto a caer.
Nos daba cientos de explicaciones que no le pedíamos, todas muy coherentes, mientras seguía gastándonos un azucarero en cada café. Yo creo que intentaba apagar ese lacerante amargor que tenía dentro. Y nos contaba sus historias con la bici, en el gimnasio, con Raquel, sin omitir ni un detalle, como si fuera un viejo, y de todo esto le separaran ya cincuenta años. Como si con la magia de las palabras pudiera recrear una realidad que se le deshacía entre los dedos. Como si dibujando su pasado, pudiera materializar un escenario en el que se colaría de un salto, dejándonos con la boca abierta en nuestra triste dimensión paralela.
Quería convencernos de que él no tenía la culpa. A los demás, no se, pero a mí me convenció. Yo siempre lo supe, que no era él. Tal vez ni siquiera fue aquel que le buscó en el gimnasio y le animó a arreglar uno de los problemas normales de la vida dando de comer al monstruo.
Pero estoy tranquila, todo se recoge en la vida. Y más. El que siembra vientos, recoge tempestades. Será cruel, pero eso le deseo a la persona que enseñó el trapo al toro. Y luego se metió en el burladero.
La culpa, que gran palabra. No se de quien era, pero no era de él. ¿De la droga?¿del sistema educativo?¿de la sociedad?¿de la insoportable levedad del ser? Podría pasarme el resto de mi historia buscando culpables… pero no servirían para quitarme este sentimiento al recordar sus ojeras, sus dolores, sus humillaciones.
Un día nos dijo que quería luchar contra la droga. Contra la mafia de la droga. Sí, que se había ofrecido a ponerse un micrófono y meterse en el ojo del huracán.
-Los conozco a todos- me decía. – Se donde viven, donde guardan la droga, se qué es lo que hacen para que nadie los delate, y la policía no los pille.
Nos contaba de chavales de catorce años, nos los decía por nombre, y los conocíamos. Chicos del pueblo. Que estaban empezando, o ya llevaban tiempo. Y yo quería que lo hiciera. Quería que los salvara, que nos salvara a todos, porque si alguien era capaz de hacer eso, de enfrentarse al mismísimo miedo, y no tenerlo, era él.
Ya he escrito siete páginas, y sin embargo aquí me atasco. No puedo seguir.. O no quiero. Porque me duele demasiado. Porque esta es la parte que, como comentaba al principio, olvidaré con el tiempo. La repintaré a mi gusto. Y la soñaré cada noche.
Porque no quiero recordar que sus historias fueron haciéndose cada vez más fantásticas, hasta que llegaron a ser increíbles. Historias de persecuciones, de gente que se colaba por el tejado, de un Escarabajo negro y un Citroën Xsara que le encontraban allá donde se metiese. Me niego a recordar aquel garabato en un papel, que parecía que ponía, pero no podía ser, esquizofrenia causada por el consumo de drogas..
No puedo contar cómo apareció en la tienda donde yo trabajaba con un albornoz, y una escoba, para explicarme razonadamente por qué llevaba toda la mañana tirándose encima de los coches. Con ese olor. Ese olor que tengo en la pituitaria desde entonces, olor a medicina, a enfermedad, ¿a locura?
Ese olor que le siguió mientras corría hacia la nada. Hacia la oscuridad. Había quemado la casa de sus padres. De unos pobres ancianos que habían perdido dos hijos ya por la droga, y que no podían reconocer a éste dentro de esa sombra, ese recorte, esas sobras de ser humano que ahora se escondían entre las hierbas altas de la primavera.
¿Quién me ha robado el mes de Abril? Cantaba Sabina. Y yo podía decirle quién había robado el mío. Porque apenas podía salir de casa sin miedo. Porque no podía ir al campo, a perderme, como cada primavera, teniendo pánico de una persona a la que se quiere tanto. Qué sentimientos encontrados. Que vacío en el estómago. Aunque comiese. Porque no sabía si él podía hacerlo. Y porque si lo veía, seguramente en vez de ofrecerle algo de comer, uno de esos cafés prodiabetes que se fabricaba, saldría corriendo. Estuvo cinco días desaparecido.
Fue horrible tenerle miedo. Fue horrible ver que todos lo teníamos. Y que él debía saberlo. Deseaba muchas cosas, una a cada momento. Que recobrara el juicio, que no lo hiciera para no ver el horror en los ojos de todos los que le queríamos. Que volviera. Que no volviera para hacerme daño. Que viviera.
Dejé enterrado un trozo de mí en la estrecha acera que lleva desde el bar Roma hasta la estación de autobuses, cuando mi tía me dijo lo que tanto tiempo llevábamos temiendo.
Estaba muerto. Lo había encontrado un chico montando a caballo. En un prado.
Había mezclado algo ¿pero qué podía mezclar? Yo creo que mezcló el horror, el miedo, el frío, el hambre, la soledad, la desesperación, la desolación, la autodestrucción. Nadie puede sobrevivir a ese cóctel. Ni siquiera él, a quien había visto, como en los dibujos animados, volver a hincharse soplándose un dedo cuando le había pasado una apisonadora por encima.
Esta apisonadora de la vida, le pasó demasiado fuerte.
Creo que nadie ha entendido bien esta historia nunca. Quizá ni siquiera yo. Que le eche tanto de menos. Que piense tanto en él. Que no le olvide.
Quizá por eso he decidido escribirla, porque no soporto la disimulada incomprensión en la mirada cuando la cuento. Porque nadie puede sentirlo por mí. Y decido callarla.
Y entonces paso por delante de su casa y lo recuerdo espiándome por encima de la puerta, y hablando con mis hermanos, y arreglando cosas con esas enormes manos. Y contándome con ternura cosas que nunca olvidaré, y que me reservo.
Y comprendo que no tengo derecho a callarme. Que es mejor enfrentarme a la incomprensión, que ignorar el sentimiento que aún me angustia al recordar a su madre, meses después, enseñándome los trofeos de la bici, las medallas, las fotos. Mi amigo Gofi era un gran hombre. Tenía todas las cualidades que admiro en un ser humano, y en un hombre. Era tan sensible, tan inteligente, tan ecuánime, que quizá no pudo resistir vivir entre la mierda y sonreir. Y se tiró a un pozo hondo, cuyo final me acompañará siempre.
Llevé un ramo al cementerio, el ramo de la boda de mi hermana que se había casado dos días antes de su muerte. La vida y la muerte, la fecundidad y lo inerte, la alegría y el dolor, en una eterna máscara de teatro, porque eso es la vida, un teatro. Algunos hilos se ven más que otros, pero ninguno estamos libres de movernos a veces en contra de nuestra voluntad.
Pero no estaba en este cementerio. Ni siquiera pude despedirme en su tumba. Y mi ramo de flores, y mis mil lágrimas, acabaron en un cubo de basura, como si un irónico titiritero no me dejase hacer un gesto sublime, aunque fuera para bajar el telón con una sensación menos insoportable. Ni un minuto de silencio ante su tumba. Ni una plegaria con mi deseo de verle en una vida mejor que esta, una que realmente sea vida.
Quizá no entendáis por qué al principio hablaba de una sonrisa. Ahora ya no sonrío, pero no quiero dejar de pensar que él prefiere que le recuerde así, como era en sus buenos momentos, con el maillot amarillo, con el ramo de flores en la mano. Y que debo quizá dejar de intentar que nadie comprenda mi historia, como hizo el protagonista del principito con su dibujo, y conformarme con guardarla para siempre dentro de mí.
Olvidar sería tan injusto… Olvidar es imposible.
Sigo emocionándome cada vez que la leo, tantos años después, gracias Rosalía por guardar a mi tío en tu memoria con un relato tan bonito.
ResponderEliminar