En las papeleras de la Plaza de España siempre hay un buen botín si se es suficientemente pirata.
El sol de Mayo le deslumbra un poco y el mendigo, soñoliento pero vigilante, se coloca mejor la gorra.
En una esquina del campo visual, justo entre la gorra y un rizo, aparece una sombra. Le inquieta pensar que es un agente de Gallardón -limpia,fija y da esplendor- que viene a escoltarle amablemente hasta un albergue debidamente homologado por la Comunidad, donde no estropee la decoración de los jardines. Curioso renacer de aquella abolida ley de vagos y maleantes, maquillada, ripeada y en versión 2.0.
Se sosiega al ver que es un ejecutivo más, que escapa de la vorágine de faxes, timbres y números. Pero no es uno más. Este ya había estado varias veces. Lo mira con recelo y un dolor punzante, porque de pronto se ve a través de sus ojos. Y no le gusta lo que ve.
De pronto le asalta un recuerdo. Deja la babosa caja de comida China, la mejor comida China de españa, que se prepara en el más cochambroso restaurante, justo debajo de sus pies.
Se planta frente al hombre. Le mira fijamente. El hombre lo detecta, lo mira discretamente, se incomoda.
- Bonito día ¿verdad?- la voz sale cavernosa, entre las descuidadas barbas, poco acostumbrada a la charla trivial. Se asusta un poco de él mismo.
- Sí- contesta nervioso el otro- hay que aprovechar el máximo que podamos en la calle- de pronto escucha la impertinencia, y sigue, confuso- Enseguida llega el verano, y a Don Quijote aquí le vendrá mejor que bien el yelmo de Mambrino. ¡Huy!, perdón. Me refería al sombrero de la estatua- se apresura a aclarar el hombre, mirando a todas partes menos a su interlocutor.
-Don Quijote soy,- su voz suena de pronto más firme- y mi profesión la de andante caballería. Son mis leyes el deshacer entuertos, prodigar el bien y evitar el mal. Huyo de la vida regalada, de la ambición y la hipocresía, y busco para mi propia gloria la senda más angosta y difícil ¿Es esto de tonto y mentecato?
- Vaya, le vuelvo a pedir disculpas, prejuzgar es siempre equivocarse. Hace mucho que no oía ese fragmento del Quijote- sonríe- Mucho tiempo. De hecho le resultará curioso que fue una especie de loco lema de adolescencia que compartí con un amigo...
El hombre cesa la verborrea. Se para el tiempo y le frena en seco. Se queda clavado mirando por primera vez sus profundos ojos verdes, bajo las tupidas cejas color humo.
Un policía está parado justo detrás de él. El pirata se ha despistado y le han abordado los corsarios. Patente de corso. Que gran invento. Y a un albergue, con este sol, por Dios. Ahora que la cosa se ponía interesante.
Me gusta, una escena llena de tensión!
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