miércoles, 14 de enero de 2026

Inspiración expirada.

Escribiendo me hallaba como casi siempre, cuando mi pluma empezó a hacer cosas raras. De pronto el color negro habitual en el que escribo, se volvía rosa y luego turquesa, y negro de nuevo. Intenté limpiarla por si se había quedado algo de otras tintas, pero no, yo soy un escritor formal como se debe; este oficio de las letras desde los tiempos de Cervantes y más allá se debe tomar absolutamente en serio ¿Cómo voy a escribir yo ¡yo! con tinta rosa?

Así que seguí adelante a pesar de la evidencia, porque los humanos somos muy de eso, de seguir como si nada aunque la evidencia te golpee en la cara, si la dicha evidencia no nos cuadrara o cuadrase con lo que ya creemos.

Pero es que la pluma no paraba. Los colorines iban poblando mi página, hasta que las letras empezaron a brillar con tal fulgor, que ya no era cuestión de evidencia. Es que no veía. Si no, hubiera seguido. Yo cuando digo que voy a escribir hasta una hora, ni que tenga hambre, ni el ordinario líquido amarillo, ni el cartero que me timbre, yo a lo mío y acabo. Pero es que no. Es que no veía.

-¿que le pasa, señor escritor?- Una vocecilla detrás de mí.

Sería manido decir que sentí miedo, da igual la cantidad de adjetivos calificativos que le añadiese. Y yo no soy manido, aunque algunos envidiosos lo insinúen.  Asi pues, usaré un neovulgarismo para conectar con los mas jóvenes. Me cagué lit, bro.

Una chica bastante fea estaba sentada en mi cama.

—Que digo que cuál es el problema. No son las dos todavía. Y ya sabes, como dices siempre: que las musas te pillen trabajando.-Sonrío atrevida.

Aquello de que supiese mis horarios y citara mi frase favorita me desconcertó, pero no tanto como cuando me miró a los ojos ,pícara,y me dijo:

-Te pillé.

Omito el bello párrafo que podría escribir (que sería muy bello, no soy yo quien lo dice, son 6 premios planeta y el casi Nobel, que me ha llegado que en cuanto se lo den a Murakami, el siguiente soy yo). Omitiré este excelso párrafo, digo, para simplemente decir que se me escapó :¡anda la hostia, una musa!

Al cabo de muchos argumentos y contraargumentos, conseguí convencerme de que, en efecto, era una diosa inspiradora de las artes. Lo de proclamadoras de héroes, por lo visto lo habían dejado, porque “ es que hacer héroe a Ronaldo, no, y ya ni hablemos de los Youtuber empadronados en Andorra para evadir al fisco. Si eso son héroes, yo soy la que ha inspirado todas tus obras”-dijo impertinente.

-¿Qué quieres decir? ¿ahora que me he convencido de que eres una musa (con esa nariz) dices que no eres tú la que me ha inspirado?.-hasta aquí podíamos llegar con la engreída esta.

-Pues claro que no ,abuelo- me envaré al oírlo. Las incipientes canas me hacían más respetable ¿o no? ¿o me hacían más viejo?- para eso he venido, para que dejes de creer que te inspiro, porque yo la última frase que te soplé fue en el 96.

—¡Pero en el 96 escribí mi primer libro!- repliqué alucinado

-Pues eso, ese fue el que yo te inspiré. Ahí si fui tu daimón, tu fuente,  tu contacto con el mundo de las ideas, con el campo cuántico de información. Pero luego lo que has escrito…-e hizo un gesto con la boca que me golpeó en toda la vanidad.

-Entonces todo lo demás ¿quien lo ha inspirado?- mi voz sonó inconvenientemente alta.

-A ver, pues tu editor que te mete prisa; tu cuenta corriente, que empezó a engordar demasiado (y no solo ella)- estaba claro que tenía la intención de ofenderme de todas las maneras posibles- las modas y estilos contemporáneos; el grupete de estirados culturetas que te echaste de amigos; el pedazo de ego que tienes; las redes sociales…-Iba enumerando con los dedos, y me dio pavor que se le acabaran, así que le interrumpí levantándome. Se asustó ella esta vez.

-Pero ¿que es esta tontería? ¡Ya está bien, señorita! , estaba trabajando ¿me deja seguir?

Se quedó seria.

-Sigue, sigue.- se miró las uñas, las tenía larguísimas y de unos colores imposibles- A ver qué joyita se te ocurre hoy. Porque lo de esta semana de haber querido meter con calzador como personaje principal a la chati esa que conociste en el cóctel de la presentación del libro de…-Tuve que interrumpirla otra vez. Porque es que estaba loca esa chica, vamos. Ni nombrar a Martina. Esa sí que era una musa, ¡era divina! No la culichupada esta.

Así que intenté seguir, no sin antes girarme. No te veo. No te veo y sigo escribiendo.

Pero es que la pluma seguía chorreando luz y no encontraba el botón de apagado. Ella estaba disfrutando ,evidentemente, más que yo.

—¿Qué te pasa majo, no dicen siempre que tienes buena pluma? Pues hace lo que le da la gana - Pensé en acuchillarla en el gaznate con mi enloquecida Montblanc.

-¿qué quieres? ¿Por qué no te vas?- espeté, desquiciado.

-Porque quiero que tomes una decisión. O me vuelves a escuchar, o no te atrevas a pensar o decir que soy yo quien te inspira. Las musas odiamos la mentira. La ficción es nuestro medio sí, pero hay que ficcionar con la pura verdad. Si no, se ve el cartón. Y eso es lo peor que le puede pasar a un escritor, porque entonces alguien se desconectará de la lectura, y no está el mundo para perder más lectores.-Se levantó y empezó a pasear a mi alrededor-para que te hagas una idea y ya que te fascinan las estadísticas y datos, estamos a 10.000 lectores que dejen de leer para llegar a la Tercera Guerra Mundial. Y es que tú eres especialmente peligroso porque vendes muchísimo. Y por tu “inspirado” trabajo han dejado de leer cientos de miles de personas.-abrí la boca pero me interrumpió- No, ya has hablado bastante y yo me tengo que ir a inspirar a una chiquita que se autopublica en Amazon. Me escucha todo lo que le digo, y además me lo enriquece con sus conocimientos y su desparpajo, no como tú, que hueles a naftalina que apestas ¿cómo se puede empezar un texto diciendo “ escribiéndo me hallaba“? Fu.Fu.Fu.- Sus gestos eran muy ofensivos, desde luego. Pero mucho más lo que decía, porque por muy evasivo que uno sea, esta evidencia era complicada de ignorar.

Algo cambió dentro de mi, y recordé entonces, mirándola mientras hablaba, mi rincón de escritura en la casa de mis padres, con una vela encendida a las seis de la mañana, para no despertar a nadie. La emoción que me llenaba. La brillantez natural de mis pensamientos. El amor que sentía al escribir, lleno de sueños, pensando en mis lectores y no en mis compradores. Ella tenía razón. Cerré aquella carísima pluma y busqué la otra. La pelikan. La de cuando de verdad tenía buena pluma. Empecé a escribir con ella. Ni siquiera me di cuenta cuando se marchó. “Gracias”, dije en voz bajita. Y una gota de tinta se iluminó.

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martes, 13 de enero de 2026

LA PSICOPOMPA

Cuando María Eugenia entró en aquella habitación de hospital ya sabía perfectamente lo que tenía que hacer. No solo porque ya lo hubiese hecho cientos de veces, sino porque ya lo sabía la primera vez que lo hizo, con ocho años, en una de esas certezas absolutas que son más verdad que cualquier ley o protocolo médico.

Tomó la mano de la mujer que reposaba en la cama. El rictus de boca abierta y respiración audible era revelador, por eso le habían llamado las enfermeras, pero lo que le dio la confirmación fue el calambre al tocarla. Un calambre frío, ciego, negro, doloroso.

- ¿Como va, cariño?- dijo la mujer menuda de pelo negro dulcemente- Lucía. -recordó cómo se llamaba y le sonrió con franqueza - soy María Eugenia, vengo a ayudarte, me han dicho que estás débil.

Estas palabras las pronunció también para que las escuchara la familia allí reunida. Eran tres, más de la media, nunca le dejaba de sorprender la cantidad de gente que moría sola o con solo una persona a su lado.

Pero es que ella, claro, no veía la muerte como los demás, desde niña, y jamás se perdería ese momento tan especial de ningún ser amado. Ella era psicopompa. Como aquellos antiguos seres que acompañaban en el tránsito al más allá ; como Hermes, que acompañaba a las almas al hades; como las Valkirias, que guiaban a los guerreros al Valhalla; como Anubis en Egipto, presenciando el pesaje del Ba (el alma) cuando salía del Ka (el cuerpo). Ella había ayudado a morir a tantas personas y animales, que podía anticipar al milímetro aquella danza de sucesos, aquella coreografía cuidadosamente diseñada por alguien que nos amaba y que sabía, como ella, que es un momento poderoso y a veces liberador pero siempre duro, porque el ser humano es apego. Nuestra necesidad básica es la de pertenencia. Así que dejar caer aquellas firmes amarras requería mucho valor de parte de todos.

La Rosa de luz, la había llamado así al verla por vez primera, vibraba en aquel punto de contacto entre las dos.

-Ya empieza- dijo suave a las dos mujeres y el hombre que esperaban sentados en el bonito sillón blanco. La más joven, que estaba apoyada en el hombro de la otra, empezó a sollozar acongojada. Se acercaron al marchito cuerpo.

-¿Queréis darle mejor esta mano?- ofreció María Eugenia. Negaron con la cabeza y se acomodaron alrededor de Lucía, que aparentemente seguía en el mismo estado.

-Ha llegado el momento de despedirse.-dijo con mucha suavidad.- Decid lo que queráis pero intentad que no haya ningún reproche. No es momento de eso. Dadle las gracias, decidle cuánto la amáis, que le pedís perdón y le perdonáis cualquier daño que os hayáis hecho, y sobre todo lo más importante- miró los ojos a la joven, que no paraba de llorar -debéis darle permiso para partir. Si no, su sufrimiento se alargará, y el vuestro también. Amar también es saber soltar. Ha llegado el momento de que demostréis el amor más puro.

Aquel momento de la despedida nunca dejaba de maravillarla. Allí nunca aparecían malos sentimientos ni superficialidades. Todas las construcciones mentales que creemos que nos sostienen desaparecen. Y solo queda lo que es el ser humano al desnudo: amor y miedo.

Ella seguía sosteniéndole la mano, energía blanca iba de su pecho al de Lucía, estaba en una especie de trance. Sus ojos entrecerrados y una sonrisa muy queda, sentía como la flor de luz ya había llegado a su madurez. Sus pétalos mágicos se habían desplegado esplendorosamente en aquel arcoíris en movimiento. Quedaba muy poco ya. En cuanto cayese el primer pétalo empezaría la partida.

Comenzaron a llegar los que ella llamaba “ comité de bienvenida “, los espíritus de la futura difunta. Sus seres queridos, que la esperaban desde hace tanto, sus guías espirituales, su ángel de la guarda. Ella no los veía físicamente, solo con los ojos del alma, pero sentía su alegría borboteante. Algunos se apoyaban en los vivos que, desolados, hablaban de hermosos recuerdos a los que se marchaban.

Lucía empezó a hacer un ruido ronco, como si no pudiera respirar. Los llantos de los vivos subieron de intensidad, el alboroto de los otros también. Y entonces sucedió.

El primer pétalo de aquella flor se desprendió y poco a poco el alma de Lucía fue saliendo de su cuerpo. No quería alejarse, nunca quieren, de los vivos, pero entonces sintió a sus padres, a sus tíos, a su hermana. Y también aquellas presencias benéficas que siempre supo que le acompañaban. Y se dejó llevar. No sin antes acariciar con su espíritu recién liberado a aquellas tres personas que sufrían por perderla. Como si la perdiesen. Y uno a uno los pétalos cayeron. María Eugenia abrió sus enormes ojos de golpe. Y Lucía los cerró para siempre.



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